Sus voces llenan el mundo[1]
A propósito de la antología Orquídeas
Héctor Ñaupari[2]
Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.
Alejandra Pizarnik, Anillos de Ceniza.
Así como la orquídea es una flor espléndida, que tiene un pétalo más desarrollado que los otros, la antología de veinte jóvenes poetas que nos presenta Iván Fernández-Dávila nos ofrece a artistas múltiples, que poseen, no obstante tal condición, un instinto especialmente dotado para el género príncipe de las letras. De este modo, el compilador clava, más que coloca, el punto sobre esta i esquiva y peligrosa que es mostrar la más reciente poesía hecha por mujeres en el Perú, escenario no exento de susurrantes envidias, síndromes de abejas reinas[3] y odios desembozados, dado que forma parte del mismo territorio, cainita y antropófago, de la literatura contemporánea del país de desconcertadas gentes[4] en que vivimos.
La antología que prologamos es una sorpresa. Asombra por su inquietud, su deseo de expresarse, de contar, de exponerse. Las poetas no se han guardado nada: fluidos, pasiones, miedos, vísceras, sueños, egos, manías, firmezas, todo acude en un solo de sonidos cuyo volumen no cesa de aumentar. Desconcierta por lo que denominaré umbralidad: son los textos, estrenados y jóvenes, de poetas de un siglo nuevo, ad portas de algo desconocido e insomne, para quienes las luchas por la independencia y la igualdad de las mujeres – tan propias del siglo pasado, dicho esto en todos sus extremos – son lejanas y, me atrevería a decir, ajenas.
Veamos: las creadoras aludidas viven la libertad; ya tienen sus derechos establecidos y deben luchar por hacerlos respetar, como todos; son partícipes de un tiempo donde los países, las empresas, los ejércitos, las profesiones y la cultura tienen como sus líderes a mujeres. Se encuentran, por tanto, en una región ignota tanto para ellas como para sus mayores – porque no tiene precedentes en la historia - y que, como sabemos, no ha dejado, pese a lo avanzado, de ser hostil, y al cual se le teme, precisamente porque no se le comprende.
Quizás por eso los temas de sus poemas nos parezcan, a primera vista, tan propios e individuales: la reverberación del yo, en Karen Quintana, Lina Ágreda y Ángela Vera Temoche; su femenina desazón ante la soledad, el despecho y la muerte, en María Rumaja, Verónica Cabanillas, Leydy Loayza y Jennifer Castro Morante; el sexo sucio y sin goce en Claudia Incháustegui, Elena de Yta e Yllari Chaska Briceño; la familia, ora excelsa, ora no tanto, en Carla Astoquilca, Zoila Capristán y Noraya Ccoyure.
Tal reacción es natural: en su esfuerzo por comprender el mundo que les ha tocado en suerte, sus tópicos deben ser aquéllos donde se ubican con mayor seguridad. Sin embargo, es el tratamiento que les dan lo que revela su singularidad, su solvencia, su insolencia creativa. Y es que, parafraseando el poema de Ángela Vera, las orquídeas de nuestro libro son así / incendiarias / un ser de ojos rojos / y alma de metal. Por otra parte, para quienes nos solazamos con la contemplación erótica, a la vez de la crónica exhausta y celebratoria del frenesí de los amantes, desasosiega la exigencia perentoria de Incháustegui y De Yta; hiere el despecho del amor no correspondido, o la torpeza masculina en estas cuestiones, fielmente retratada en la mayoría de las antologadas, dejando en claro que los hombres aún no aprendemos de nuestros errores, ni tenemos la suficiente claridad o valentía para amar del modo en que se describe en estos poemas.
Creadoras, hijas de su tiempo, mujeres. Orquídeas es la antología de la poesía femenina que vendrá, de modo inatajable, cual amanecer que se separa lentamente de la noche. Como en el verso de Blanca Varela, la mejor poeta peruana del siglo XX, que titula estas reflexiones, sus voces llenan el mundo. Así, las voces de estas jóvenes poetas llenan el mundo en el que vivimos, y son el preludio del que está por venir.
Héctor Ñaupari, Santiago de Surco, 20 de noviembre de 2009.
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